Comenzaron "los años de la luz" cuando en mi infancia retornaba a mi lugar de procedencia, esa bella Sierra de Francia donde se encuentra mi hermoso pueblo, Sequeros. Mi mirada se perdía y encontraba retazos de vida en cada pared, en cada ventana, en cada alero de un tejado, en cada buzón, en cada entramado de madera con cal y adobe.
Y llevarme a Bilbao un rincón, una imagen recreada con mis pinceles y mi acuarela me hacían sentir que perduraban en el tiempo, en el recuerdo y en la vida mis andanzas y las de todos aquellos que vivieron y viven en esos espacios donde la mano del tiempo va dejando su huella, como en el rostro de cada ser, cuando se ve surcado por las marcas que la vida en su transcurrir le van haciendo más sabio.
Mi interés se fue acrecentando hasta llegar a decidir pasar temporadas explorando esos mundos y transportándolos, con una visión muy especial y una técnica muy depurada, al papel, con la acuarela, con un trabajo muy minucioso.
Buscaba las texturas, buscaba la fidelidad de los materiales a la hora de representar cada espacio, cada calle, cada ventana, el geranio, la placa de telégrafos, el buzón de correos. Porque lo fundamental era hablar de la comunicación y de cómo esos pueblos de la Sierra de Francia tenían su historia y, aunque ya casi vacíos, mantenían una vida en la que el silencio es sinónimo de paz, de vida tranquila, de esperanza en un futuro que habla de unos espacios urbanos de especial plasticidad.
Representar con la mayor fidelidad posible todos los materiales que configuran cualquier espacio, cualquier rincón, era una forma de rescatar del olvido aquello que por su abandono iba a desaparecer. Y así ha quedado plasmado en pinturas que harán que la vida pasada tenga vigencia, porque "el olvido es un ser sin sombra" y el recuerdo permitirá construir un futuro para que la vida y la belleza de esos pueblos perduren.
"Pueblo estás ahí porque volver a ti es volver a la vida" y la nostalgia no tiene que ser sinónimo de tristeza, porque rescatar del adiós es construir el hoy.
Y era fundamental mostrar esa obra que paseaba por los ayuntamientos de estos pueblos y por Salamanca, Bilbao, Burgos, Santander, Valladolid...
El espectador se hacía eco de ese pequeño mundo que dio luz a mi existencia, y se recreaba identificando cada elemento de cada composición pictórica, valorando la fiel consecución de las texturas y los colores.
Era mi forma de rendir homenaje a lo que el tiempo no pudo borrar, porque la luz de la acuarela y las dulces pinceladas decidieron que por siempre el recuerdo sea presente.
Ana Roda